Estrellas y Borrascas

WEB DE VICENTE AUPÍ / OBSERVATORIO DEL POLO DEL FRÍO DE TORREMOCHA DEL JILOCA

CLIMA

Las nubes no son vapor de agua

Nube parásita sobre los Alpes suizos, en el Oberland Bernés. (Foto: Gonzalo Aupí Cortelles)

Cirrus al anochecer en Valle de Lago, Asturias. (Foto: Vicente Aupí)

Nubes de tormenta en Sierra Palomera. (Foto: Vicente Aupí)

Las tenemos ahí arriba casi todos los días, sobre nuestras cabezas, y la mayoría de la gente desconoce lo que son. Lo tengo comprobado; preguntas a cualquiera -—amigos, familia, vecinos— y todos responden lo mismo: las nubes son vapor de agua. Pues no, nada de eso. Estamos no sólo ante una de las creencias populares más erróneamente extendidas, sino también ante uno de las errores más difundidos en numerosos ámbitos. Y la realidad, también lo he comprobado, es que ese error tan generalizado se debe en parte a que muy pocos científicos se han molestado en explicarlo.

La respuesta es otra: las nubes están formadas por gotitas de agua o por hielo, o por ambos. Es decir, son agua en estado líquido o sólido, pero no vapor, porque éste es un gas. El vapor de agua, además, es totalmente transparente, por lo que cuando está presente en la atmósfera no lo vemos. La formación de una nube —que sí vemos-— tiene su origen, precisamente, en que el vapor se condensa: el agua abandona su estado gaseoso y pasa al líquido al transformarse en pequeñas gotitas que forman las nubes. También pueden ser cristales de hielo, es decir, agua en estado sólido, como sucede en las nubes a gran altura, como los conocidos cirros, cuya forma deshilachada suele enmarañar los cielos como señal indicativa de un cambio de tiempo.

El proceso es más sencillo de comprender de lo que parece, y una de las mejores formas de hacerlo es observar la clásica aparición de nubosidad de evolución diurna de los días de verano, que muchas veces acaba dando lugar a tormentas. Todo comienza cuando el aire se calienta durante el día y, al aumentar su temperatura, asciende hacia las capas más altas de la atmósfera. Al subir se enfría y el vapor que contiene se condensa en forma de gotitas de agua que forman las nubes. Estas gotitas son al principio minúsculas, de apenas 0,2 o 0,3 milímetros, y pueden permanecer suspendidas en la atmósfera sin precipitarse. Para que llueva es necesario que las gotas crezcan y alcancen tamaños mucho mayores, de entre 1 y 5 milímetros, cuyo peso facilita la precipitación. Pero lo que contienen las nubes no es vapor, sino agua líquida o cristales de hielo. Lo mismo sucede con la niebla, que no es más que una nube. La diferencia reside en que la vemos en la superficie y no en altura, pero la niebla se forma también por la condensación del vapor de agua, que se transforma en pequeñas gotitas.

La clave del asunto es que las leyes físicas permiten que el aire frío contenga menos vapor de agua que el aire caliente. Por ello, cuando el aire se enfría en la atmósfera por procesos naturales llega un momento en el que ya no puede contener todo el vapor que almacenaba antes y se produce su saturación, es decir que el vapor se condensa y da lugar a agua líquida. La temperatura a la que se produce la condensación —que es distinta según las condiciones— es lo que en meteorología se llama punto de rocío.

También puede suceder que el vapor de agua se transforme directamente en hielo sin pasar por el estado líquido, en un proceso al que los científicos denominan sublimación inversa, ya que es lo contrario de la sublimación típica, en la que el hielo pasa a vapor. Este último proceso, el paso de sólido a gas, es muy frecuente en las sierras orientales de España, cuando tras una nevada cambia el régimen de vientos y el aire cálido de poniente sublima la nieve, que se volatiliza y se esfuma lamentablemente sin aportar nada de agua a los acuíferos.

Recientemente la Real Academia Española ha modificado la definición de nube en el Diccionario de la Lengua, en el que se decía antes que es una “masa de vapor acuoso suspendida en la atmósfera”. La nueva acepción señala correctamente que una nube es un “agregado visible de minúsculas gotitas de agua, de cristales de hielo o de ambos, suspendido en la atmósfera y producido por la condensación de vapor de agua”.

"Aun a pesar de tener relojes rotos en los baúles, en las Nubes de Magallanes se guardan los más absolutos y recónditos momentos"

Carmen Cortelles

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