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CLIMA

Los años sin verano

“Flint Castle“, de William Turner. 1838

“The Fighting Temeraire”, de William Turner. 1838

Camping de Biescas, 8 de agosto de 1996, un día después de la tragedia. (Foto: Heraldo de Aragón)

Temperaturas sobre España y Europa el 31 de julio de 1977 a una altitud aproximada de 1.500 metros. Los colores delatan una clara anomalía térmica respecto a los típicos valores cálidos de la canícula. (Wetterzentrale)

¿Recuerdan aquello de que la noticia no es que un perro muerda a un hombre, sino que éste muerda al can? Pues, curiosamente, en lo relativo a la meteorología y al clima desde hace algunos años la noticia permanente es el calor que tenemos cada verano, incluso en aquellos casos en los que las temperaturas son las normales para la estación. El clima estival de España, a excepción de su fachada cantábrica y de las zonas de montaña, es de los más cálidos de Europa, con promedios térmicos actuales de 24-27 °C para los meses de julio y agosto en la mayor parte de su arco mediterráneo. Un privilegio climático del que ha dependido directamente el interés de los millones de turistas que nos visitan, procedentes de países donde el Sol ni siquiera está garantizado en la canícula. Desde que el calentamiento global está en la mente de todos parecemos obsesionados cada verano con las olas de calor, a veces reales y a veces no tanto, pero en los anales de la climatología hay episodios diferentes que nos hablan justamente de lo contrario: de años sin verano en Europa, incluida España, y es evidente que volverá a suceder, aunque su frecuencia sea claramente menor a la de las invasiones de aire cálido de origen tropical. Precisamente, en 2016 se cumplirán dos siglos de un acontecimiento climático célebre: el año sin verano, acontecido en 1816 con un notable impacto no para el turismo, sino para una sociedad que en gran medida vivía del campo y perdió sus cosechas.

El extraordinario caso de 1977

Este comienzo del estío de 2015, que ha arrancado con intensos calores en el solar ibérico, tal vez sea un buen momento para rememorar los años excepcionales en los que la noticia estival no ha sido el calor, sino su ausencia o la gran actividad tormentosa. En el último medio siglo no ha habido en España verano térmicamente más anómalo, por lo frío, que el de 1977. Julio y agosto marcaron temperaturas que, en promedio, fueron de 3 a 4 °C más bajas de lo normal, lo cual es mucho. En contra de lo habitual, aquel extraño estío tuvimos sobre la Península una persistente entrada de aire fresco del norte, que además de favorecer semanas con tiempo muy desapacible en las playas mediterráneas, trajo el frío a muchas zonas del interior. Heló por las noches en poblaciones situadas en las parameras de Molina de Aragón (Guadalajara), el entorno de los Picos de Urbión, la vertiente norte de Gredos y, por supuesto, en numerosas comarcas pirenaicas. Julio fue el más frío del siglo XX para el conjunto de España, y así lo atestiguan los datos de la red meteorológica, de la que extraemos el del Observatorio del Ebro, en Tortosa, cuya temperatura media de aquel mes cayó hasta los 22,9 °C.

Desde 1977 no han vuelto a repetirse meses de julio y agosto tan frescos, pero los años sin verano no dependen sólo del régimen térmico. En 1993, 1996 y 2002, por citar sólo tres ejemplos, las tormentas se encargaron de fastidiar las vacaciones a millones de españoles y ciudadanos extranjeros que no daban crédito a lo que veían sus ojos cuando, al levantarse por la mañana en su apartamento junto al mar, observaban días grises y tormentosos en lugar de las luminosas jornadas a pleno sol que deseaban. En agosto de 1996, que no se olvidará por la tragedia del camping de Biescas, el mal tiempo afectó a una gran parte de España, incluidas las costas mediterráneas, y en 2002, aunque en menor medida, también sucedió algo parecido. Un verano lluvioso, como lo fueron aquellos, no sólo no es lo habitual, sino que además ni siquiera entra en las cabezas de los ciudadanos, que no aciertan a comprender que sus semanas de ocio puedan echarse a perder por semejante traición atmosférica.

1816: el año sin verano más famoso

Pero, en el fondo, nos quejamos por nuestra mala memoria y nuestra creciente falta de aclimatación, que nos ha llevado a no saber vivir si el día no amanece como nosotros anhelamos. Los veranos de otros tiempos no tan lejanos, como los de la primera mitad del siglo XX y los del siglo XIX, no eran tan bonancibles térmicamente como los actuales y el impacto de las tormentas iba mucho más allá del simple fastidio por haber perdido un día de vacaciones y dañaba directamente los modos de vida en una sociedad mucho más rural que la del presente. Y esto fue una tragedia generalizada no sólo en España, sino para el conjunto de Europa, en 1816, el año sin verano más famoso de la historia.

Un año antes, en abril de 1815, la colosal erupción del volcán Tambora en la isla de Sumbawa, en Indonesia, causó la muerte a más de 80.000 personas e inyectó en las capas altas de la atmósfera millones de toneladas de cenizas, que con el paso del tiempo fueron extendiéndose alrededor de todo el Globo. Durante las semanas y meses siguientes, el manto de polvo y cenizas volcánicos con los que quedó impregnada la estratosfera produjo hermosos y coloridos ocasos en todo el planeta, aunque sus habitantes no supieron relacionar la causa, ni siquiera el célebre pintor inglés William Turner, que los plasmó en algunos de sus cuadros más famosos a lo largo de su vida. Aunque ahora sí lo sabemos, ellos tampoco se enteraron de que el opaco velo de cenizas violentamente vomitadas por el volcán Tambora hizo bajar la temperatura en la Tierra, al reducir el porcentaje de radiación atmosférica, como sucedió en 1991 después de la erupción del Pinatubo en Filipinas, tras la cual la temperatura planetaria bajó más de medio grado. Pero en 1816, un año después del cataclismo del Tambora, las cosas fueron mucho peores. El verano de ese año no fue tal, de forma que en los países del centro y el norte de Europa hizo frío en los meses de julio y agosto, mientras en el conjunto del continente se perdieron las cosechas en medio del asombro de la gente, y el patrón meteorológico fueron continuas tormentas e inundaciones.

Casi dos siglos después del peor año sin verano de la historia sabemos el decisivo papel que la actividad volcánica ha desempeñado en las oscilaciones naturales del clima. Los ciclos con grandes erupciones, capaces de depositar grandes masas de ceniza en la estratosfera, favorecen el enfriamiento de la superficie terrestre al ocultar una parte de la radiación del Sol. De la misma forma, las épocas con escasa actividad volcánica a escala planetaria— como la de los últimos decenios— podrían ser uno de los factores que abren la puerta a periodos más cálidos.

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"Aun a pesar de tener relojes rotos en los baúles, en las Nubes de Magallanes se guardan los más absolutos y recónditos momentos"

Carmen Cortelles

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