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CLIMA

Historias de inviernos extraordinarios

Autobús en la sierra de Aitana (Alicante) en enero de 1980. (Fuente de la imagen: http://www.alicantevivo.org)

Los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia patinan sobre el hielo en la Casa de Campo de Madrid durante el invierno de 1910. (Foto: Francisco Goñi)

Témpanos de hielo flotando en el río Loira, a la altura de Villebernier (Francia), durante el invierno 1879-80, excepcionalmente frío. La ilustración pertenece al libro "La atmósfera", de Camille Flammarion.

Situación meteorológica del 31 de diciembre de 1970, en los momentos de máxima intensidad de la ola de frío que afectó a España durante todas las navidades. El mapa corresponde a la topografía a 500 milibares (unos 5.500 metros de altitud), que muestra que la Península registraba a esa cota las temperaturas más bajas del continente, con 36 bajo cero sobre la vertical de Madrid. Ilustración del boletín diario del antiguo Servicio Meteorológico Nacional (SMN), actual Aemet.

Uno de los mitos de la era del calentamiento global es que los inviernos de antaño eran mucho más rigurosos que los actuales. Eso fue evidente en la Pequeña Edad de Hielo, el periodo frío de los siglos XVI a XIX, pero los rasgos de la estación fría en lo que llevamos del siglo XXI han sido similares a los que tenía en el siglo XX. Aunque los años 2014 y 2015 fueron muy cálidos, la realidad es que en la primera década de siglo actual la nieve y el frío tuvieron un evidente protagonismo en España y gran parte de Europa, incluida su dulce costa mediterránea.

Independientemente de ello, una visión del clima con la suficiente amplitud de miras para remontarnos a los últimos 500 años nos lleva a la evidencia de que los inviernos extraordinariamente fríos son patrimonio de los cuatro siglos anteriores al XX. Su impacto ha quedado grabado para siempre en las crónicas históricas sobre el clima. Actualmente estamos acostumbrados a combatir periódicamente olas de frío que, merced a la llegada de aire polar, propicia unos días de bajas temperaturas. Pero un invierno extraordinario es mucho más que eso y sólo merece tal calificativo cuando nos encontramos ante un periodo prolongado de temperaturas muy inferiores a las normales. A lo largo de la historia, los inviernos más sobresalientes se han caracterizado por la persistencia de los hielos durante varias semanas o meses, no admitiendo comparación con aquellos casos en los que se ha producido una invasión de aire polar aislada. Un ejemplo de esto fue el invierno de 1984-85, que en conjunto fue suave a pesar de que en la primera quincena de enero España fue sacudida por una intensa ola de frío, con temperaturas que llegaron a –12 °C en San Sebastián, al nivel del mar, y a –20 en el interior de la Península.

En enero de 1985, el frío heló los naranjos junto al Mediterráneo, causando una catástrofe en la agricultura. Sin embargo, no fue suficiente para que el río Ebro se congelara en Tortosa, algo que sí sucedió en otros inviernos del pasado. Inocencio Font Tullot, uno de los grandes climatólogos españoles, refiere en su libro Historia del clima de España que el siglo XVI destaca más que ningún otro por sus crónicas de congelación de ríos. Hablamos tanto de cursos fluviales situados en la montaña o zonas frías del interior, como de aquellos situados en zonas cálidas. Aquel siglo, el Ebro se heló en Tortosa al menos en cinco inviernos: los de 1503, 1506, 1572, 1573 y 1590. Los periodos en los que este río se ha congelado a lo largo de la historia cerca de su desembocadura han sido estudiados tanto por Font Tullot como por José María Fontana Tarrats, uno de los grandes cronistas del clima en Cataluña y el resto de España. Sus investigaciones han permitido saber que entre los siglos XVI y XIX ese suceso aconteció periódicamente, lo que da una idea de la magnitud de las condiciones invernales, puesto que para que un río tan caudaloso como el Ebro se congele en su curso final no son necesarias solamente temperaturas del orden de los –10 °C, sino también el tiempo suficiente para que el frío solidifique la corriente. Por tanto, estamos ante inviernos en los que el frío más intenso no era cuestión de días, sino de semanas o de buena parte de la estación.

Pero esto no sucedía sólo en el Ebro. Font Tullot recoge en su libro las palabras de Rico Sinobas sobre la helada del Tajo en Toledo, algo inconcebible en el presente: “En el año pasado de 1536 vimos que al principio de enero se heló el Tajo con tanto rigor, que demás de los otros días señaladamente de cabo a rabo, le pasaron a nueve de enero más de cincuenta personas a la par y corrieron y jugaron en él a los birlos y al herrón, e hicieron lumbre y asaron carne con ella en mitad del río”.

Aunque no tanto como el Ebro en Tortosa, también el Turia se ha helado a veces en Valencia. Una de las más célebres fue la del 30 de enero de 1624, durante una jornada que, en realidad, fue la víspera de una de las mayores nevadas de la historia en la capital valenciana. En la ciudad del Turia fue memorable la nevada de enero de 1885, cuyo invierno cabe incluir entre los más fríos. La nieve tardó una semana en desaparecer de los tejados y el episodio fue inmortalizado fotográficamente por Antonio García Peris, uno de los grandes fotógrafos de la época y suegro del pintor Joaquín Sorolla. La colección de imágenes de García Peris sobre aquel acontecimiento fueron recuperadas recientemente por el Museo Sorolla y forman parte de las estampas invernales más hermosas de la ciudad de Valencia.

Los más crudos

A finales del siglo XIX concluyó la Pequeña Edad de Hielo y entramos en una fase climática más cálida que abarcó todo el siglo XX y lo que llevamos del XXI. Dos hitos que marcaron aquel cambio fueron las últimas heladas de los ríos Ebro y Támesis en Tortosa y Londres, respectivamente. El río español se congeló por última vez en enero de 1891, y el inglés fue escenario de la última Feria del Hielo en enero de 1814. Dicho año fue el último en el que el hielo alcanzó el espesor necesario para soportar la tradicional feria, pero posteriormente aún se heló parcialmente en varias ocasiones hasta la década de 1890, en la que se vieron los últimos hielos flotantes sobre el Támesis. Desde entonces, el fenómeno no ha vuelto a repetirse en ninguno de los dos ríos, ni siquiera en los inviernos más rigurosos del siglo XX, lo que atestigua que el cambio climático que acompañó el paso del siglo XIX al XX fue mayor que el que todos conocemos de las últimas décadas.

Camille Flammarion, en su obra La atmósfera, cuya edición española data de 1902, hizo una recopilación de los inviernos más crudos de los siglos XVIII y XIX. Según este ilustre divulgador de la astronomía y la meteorología, no cabe considerar inviernos rigurosos más que “aquellos cuyo frío es bastante intenso y prolongado para congelar algunos sectores de grandes ríos, como el Sena, el Saona y el Rhin; para solidificar el vino, para destruir los tejidos de ciertos árboles y para producir graves consecuencias en el reino vegetal lo mismo que en el animal”. A tenor de ello y de los datos termométricos en diferentes lugares de Europa, Flammarion destaca como inviernos más sobresalientes de los siglos precedentes al XIX —en el que él escribió su obra— los de 1544, 1608, 1709 y 1776. En 1709, el termómetro bajó en París hasta los –23,1, y en 1776 se helaron por completo amplios sectores de los ríos Tiber, Rhin, Sena y Ródano, y las condiciones glaciales fueron extensivas a la mayor parte de Europa. En la ciudad suiza de Basilea se alcanzaron –37,5 °C.

Del siglo XIX destacan dos inviernos memorables. Uno fue el de 1812-13, cuyo impacto excedió los anales de la climatología y logró un hueco en letra impresa en los grandes tratados de la historia europea por la derrota de Napoleón en Rusia, cuyo general invierno se convirtió en un enemigo inesperado e invencible. Pero el peor invierno del siglo XIX, el más helador, fue el de 1879-80. En España las temperaturas fueron muy bajas, pero afectó especialmente a Francia, Alemania, Suiza y Austria. Flammarion cuenta acerca de este invierno algo increíble: “En el mes de enero, en el momento del deshielo, se produjo en el Loira un fenómeno extraordinario, sin precedente en la historia de Francia y que, según todas las probabilidades, quedará sin renovarse durante siglos; en el momento en el que el río se deshelaba y en que los témpanos dislocados y separados empezaron a ser arrastrados por la corriente, sobrevino un nuevo frío que detuvo toda aquella armada en marcha, los témpanos se soldaron unos sobre otros en fantástico caos, y este extraño paisaje polar quedó petrificado como una armada de estatuas”.

¿Hubo durante el siglo XX algo semejante a lo que narran estas crónicas de otros tiempos? En todo caso febrero de 1956, que fue excepcional porque los grandes fríos abarcaron la práctica totalidad del continente europeo durante el mes entero, y España fue uno de los países que lo vivió con mayor sufrimiento. Las tres oleadas sucesivas de aire polar que barrieron Europa de norte a sur suponen algo insólito en el siglo XX, y su perfil parece guardar ciertas semejanzas con lo que en siglos precedentes se produjo con mayor frecuencia. Pero fue una excepción si analizamos el siglo XX en una visión de conjunto, en la que lo más destacable, junto a febrero de 1956, no fueron tanto inviernos crudos y prolongados como intensas olas de frío, caso de las de enero de 1914, enero de 1945 y las navidades de 1970-71

¿Y en el siglo XXI? Desde una perspectiva europea quizá el invierno 2009-2010 debamos considerarlo como uno de los notables. Los grandes fríos y los temporales de nieve fueron una constante en Europa, con una persistencia de los hielos que recuerda a la de los precedentes mencionados más arriba. En España, no obstante, tal vez se recuerden más diciembre de 2001 y febrero de 2005.

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"Aun a pesar de tener relojes rotos en los baúles, en las Nubes de Magallanes se guardan los más absolutos y recónditos momentos"

Carmen Cortelles

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