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CLIMA

El misterio de los megacriometeoros

Bloques de hielo caídos en las poblaciones españolas de Tocina (Sevilla) y l'Alcudia de Carlet (Valencia) en enero del año 2000. (Foto: CSIC/Mariano Franco)

Gráfica que muestra las anomalías térmicas detectadas en la estratosfera. Los años previos a la masiva caída de bloques de hielo de enero de 2000 coincidieron con temperaturas más frías de lo habitual en la alta atmósfera. (Fuente: CSIC)

La atmósfera aún es un misterio. La gente parece haberlo olvidado, pero en enero del año 2000, en España no se hablaba de otra cosa que de la sorprendente caída de bloques de hielo que perforaban naves industriales y destrozaban coches. El jolgorio generalizado que se formó con aquella lluvia de aerolitos -como la gente los llamaba erróneamente porque se creía que algunos procedían del espacio- llevó a muchos juerguistas a inventar sus propias caídas para salir en la prensa o en la tele, y llegó un momento en que era difícilmente creíble que entre tanto hielo sospechoso hubiera algo de verdad.

Pero no sólo la hubo, sino que la hay. Aunque queda bastante por averiguar, en estos años se ha investigado mucho y se han logrado algunas evidencias científicas, pero lo más importante es que siguen cayendo bloques de hielo a lo largo y ancho del planeta. Desde lo sucedido en España en enero de 2000 hasta hoy se han producido más de sesenta casos en diferentes partes del mundo. Entre los más recientes documentados científicamente se encuentran el bloque de 50 x 80 centímetros del 9 de noviembre de 2007 en la ciudad de La Rioja (Argentina); el de Riverside (Estados Unidos), con un tamaño de 40 x 40 centímetros, ocurrido el 24 de octubre del mismo año, y el del 13 de marzo del mismo año 2007 en la población madrileña de Mejorada del Campo.

Jesús Martínez Frías

Siguen cayendo, pero ya caían en el siglo XIX, cuando aún no había aviones por encima de nuestras cabezas, lo que anula la posibilidad de que los casos reales -no obra de bromistas- sean producto de depósitos de hielo en el fuselaje de aeronaves. Sí es cierto que esta circunstancia se ha dado en alguna ocasión, pero los estudios internacionales sobre este apasionante tema han permitido separar ambos tipos de episodio gracias al análisis de la composición química. Y en este tiempo ha sido el equipo español liderado por Jesús Martínez Frías, científico del Laboratorio de Geología Planetaria del Centro de Astrobiología (CSIC-INTA), uno de los que más luz han aportado a este asunto. Este grupo ha acuñado el concepto de megacriometeoro para definir y distinguir a estos extraordinarios conglomerados de hielo de origen natural, que se forman en la alta atmósfera y que no tienen nada que ver con los aviones, sino que obedecen a procesos atmosféricos cuyos mecanismos fundamentales no son conocidos todavía.

Anomalías en la tropopausa

Sabemos, gracias a ellos y a otras investigaciones internacionales que parecen corroborar su tesis, que muchos de los casos están asociados a anomalías térmicas en la tropopausa, situada por encima de la troposfera y que, en teoría, marca el límite bajo el cual se producen los procesos meteorológicos. Sin embargo, estos hallazgos apuntan a que hay excepciones; a que, en condiciones anómalas, se forman en la atmósfera extraordinarias condensaciones de hielo en situaciones antagónicas -cielos despejados y sin precipitaciones- a las que producen el granizo, que es producto de las grandes corrientes verticales internas de las nubes de tormenta, los Cumulonimbus.

Pero una de las preguntas que queda por responder es por qué en estos últimos tiempos se ha producido una mayor frecuencia de casos. Los cambios en el clima pueden ser parte de la respuesta.

"Aun a pesar de tener relojes rotos en los baúles, en las Nubes de Magallanes se guardan los más absolutos y recónditos momentos"

Carmen Cortelles

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