Estrellas y Borrascas

WEB DE VICENTE AUPÍ / OBSERVATORIO DEL POLO DEL FRÍO DE TORREMOCHA DEL JILOCA

ASTRONOMÍA

Organismos extremófilos: una nueva
visión de la vida extreterrestre

Hielos fracturados sobre la superficie de Europa, bajo la cual se sospecha la existencia de un océano de agua líquida. (Foto: NASA/JPL)

El río Tinto, en el que viven microorganismos extremófilos, como bacterias adaptadas a las duras condiciones del caudal contaminado. (Foto: Carol Stoker/NASA Ames Research Center)

El polo norte de Marte, fotografiado en primavera por la nave Mars Global Surveyor. El intenso color blanco habitual del casquete polar está atenuado por el barrido de varias tormentas de polvo y arena, habituales en el planeta rojo. (Foto: Malin Space Science Systems, NASA/JPL)

Las expectativas acerca del hallazgo de vida extraterrestre han dado un vuelco a fuerza de evidencias. No es que la hayamos encontrado, puesto que eso está por suceder, sino que han cambiado abrumadoramente las ideas sobre las condiciones y escenarios posibles en los que tal vez encontremos en el futuro otras formas de vida más allá de la Tierra. Una de las claves no es tan reciente, sino que data de 1977. Aquel año, una de las escasas incursiones que se han realizado a lo largo de la historia en las profundidades oceánicas permitió descubrir algo que chocaba frontalmente con las teorías vigentes en aquella época sobre los requisitos necesarios para la vida. Habitamos un mundo de luz, pero eso es en la superficie de la Tierra. En cambio, a varios kilómetros de profundidad, bajo la superficie de los océanos, en las llanuras abisales, reina la oscuridad y la ciencia daba por hecho que no puede haber vida allí porque carece del soporte de la fotosíntesis. Hasta 1977. Desde entonces sabemos que la luz no es imprescindible para la vida, al menos no para gigantescas almejas de más de un palmo y algunas especies de gusanos marinos de varios metros de longitud que tienen una alucinante forma de tubo. Las enormes chimeneas submarinas por las que aflora el agua a varios cientos de grados desde las entrañas del planeta proporciona un hábitat sin luz en el que prosperan raras bacterias y, gracias a ellas, especies marinas que eran desconocidas hasta que el sumergible Alvin descendió al fondo del océano Pacífico junto a las islas Galápagos.

El océano de Europa

Lo importante es que este paisaje insospechado de la Tierra puede tener sus paralelismos en otros lugares del Sistema Solar. De la misma forma que el Alvin ha permitido descubrir paraísos vivientes desconocidos en nuestro propio planeta, las sondas espaciales enviadas a los sistemas solares en miniatura que forman Júpiter y Saturno con sus respectivas cortes de satélites no sólo han desvelado aquello que era imposible vislumbrar a través de los telescopios, sino que han dejado asombrados a los astrónomos con sus espectaculares hallazgos. Gracias a la nave Voyager 2 de la NASA se obtuvieron en 1979 las primeras imágenes en detalle de Europa, una de las cuatro lunas principales de Júpiter —las otras tres son Ganimedes, Io y Calisto—, descubiertas por Galileo en 1610. La superficie de Europa está cubierta de una costra de hielo rasgada por extraordinarias fisuras, como si fuesen arañazos cósmicos, y la temperatura exterior es inferior a los 150 grados bajo cero. Pero se cree que, bajo la corteza helada, esta fascinante luna joviana alberga un océano de agua líquida cuya profundidad es de unos 100 kilómetros. También se da por hecho que es un satélite con actividad interna, como la Tierra, lo que supone una fuente de calor que rompe las inhabitables y gélidas condiciones superficiales. No resulta difícil echar a volar la imaginación para pensar que en ese océano de Europa, guarecido de las hostiles condiciones exteriores, puede haber formas de vida de la misma manera que otras han prosperado en plena oscuridad bajo los mares terrestres. Pero, aunque no podamos saberlo y seguramente tardemos décadas en averiguarlo, no se trata de ciencia barata, sino de algo que consideran perfectamente factible numerosos científicos. El océano de Europa es una de las grandes bazas para encontrar vida extraterrestre en el Sistema Solar.

Marte en el río Tinto

Otra de ellas, como se sabe, es Marte, en el que misiones espaciales como la de la nave Phoenix han ido abriendo nuevas esperanzas con sus hallazgos de hielo en la zona cercana al polo norte. Pero muchos años antes de que esta sonda se posara en el planeta rojo ya se habían abierto nuevas expectativas sobre él, parte de ellas gracias a un lugar de España en el que se cree que las condiciones de adaptabilidad de los organismos en ambientes extremos pueden ser similares a las de Marte. Se trata del río Tinto, en la provincia de Huelva, cuyas aguas rojizas están llenas de metales y hasta los años 80 se creían muertas. En esa década, sin embargo, se descubrieron allí organismos extremófilos, bacterias capaces de adaptarse y sobrevivir en un ambiente letal para el resto de los seres vivos. La NASA y el Centro Nacional de Astrobiología, que cuenta entre su personal con investigadores de primera fila mundial como Juan Pérez Mercader, han investigado durante años el paralelismo entre el río Tinto y Marte, aportando nuevas evidencias de que la vida puede adaptarse a condiciones extremas, sin necesidad de un ambiente tan propicio como el que envuelve al hombre y al resto de los habitantes de la superficie terrestre. Por si fuera poco, el periplo de la nave Cassini por el sistema de Saturno ha añadido un nuevo protagonista: la luna Enceladus, una especie de parque de Yellowstone situado a más de 1.400 millones de kilómetros del Sol. Descubierta en 1789 por William Herschel —también descubridor de Urano—, se desconocía lo fundamental de este satélite de Saturno hasta la llegada de la Cassini en el verano de 2005. Las fotografías obtenidas por la sonda de la NASA y la Agencia Espacial Europea (ESA) sugieren que Enceladus tiene géiseres —como los de Yellowstone— por los que mana agua caliente a la superficie en unas grietas peculiares que surcan esta luna y cuyo aspecto ha hecho que los científicos de la misión las llamen «rayas de tigre». Con ello, Enceladus se ha sumado a la lista de lugares del Sistema Solar donde no es posible descartar la existencia de vida. Hasta hace sólo unas décadas se daba por sentado que para buscar vida extraterrestre había que orientar la mirada hacia lugares razonablemente similares como los que nos permiten sobrevivir a nosotros, pero ahora el abanico de opciones es tan amplio que puede haberla allí donde cualquier ser humano moriría irremediablemente.

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"Aun a pesar de tener relojes rotos en los baúles, en las Nubes de Magallanes se guardan los más absolutos y recónditos momentos"

Carmen Cortelles

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