

La ardua tarea de clasificar los sutiles colores de las estrellas y sus cambios de brillo son obra de la mujer astrónoma. Gracias a esa labor, aparentemente farragosa y dejada por los astrónomos en manos de sus subordinadas en algunos de los principales observatorios del planeta, se consiguió a principios del siglo XX la llave de los nuevos modelos cosmológicos. Antes y después de ello, las mujeres astrónomas han desarrollado a lo largo de la historia de la ciencia un brillante y decisivo papel que ha permanecido en el anonimato hasta hace tan sólo algunas décadas, aunque acontecimientos como la reciente celebración, en 2009, del Año Internacional de la Astronomía, han ayudado a conocer el trabajo de las astrónomas, habitualmente silenciado en los siglos precedentes por los propios centros científicos en los que trabajaron. Ellas han protagonizado un papel fundamental en la historia de astronomía, con descubrimientos cruciales como los de Henrietta Swan Leavitt, Caroline Herschel, Williamina Paton Fleming, Annie Jump Cannon, Cecilia Payne-Gaposchkin y Jocelyn Bell entre otras muchas.. La clasificación espectral de las estrellas, el hallazgo de la relación periodo-luminosidad en las variables cefeidas, los primeros púlsares... Son algunos de sus logros más importantes, por los cuales no sólo no recibieron en su época el reconocimiento que merecían, sino que su trabajo fue deliberadamente omitido por algunas de las universidades de mayor prestigio y los centros astronómicos en los que trabajaron.. Este artículo pretende contribuir a ese reconocimiento con el estudio de algunos de los grandes logros científicos de la pléyade de nombres propios femeninos de la historia de la astronomía, de la que recientemente han desaparecido las españolas Maria Assumpció Català y Antonia Ferrín. Además de este trabajo puedes leer también en Estrellas y Borrascas los artículos sobre este mismo tema titulados El descubrimiento de Henrietta Swan Leavitt y Mujeres entre las estrellas.
IMAGEN: Ilustración de Cristina Wald para el libro titulado Annie Jump Cannon, Astronomer, obra de Carole Gerber.

Credit: C. Mayhew & R. Simmon (NASA/GSFC), NOAA/ NGDC, DMSP Digital Archive
A mediados del siglo XX aún era posible ver la Vía Láctea desde el interior de muchas ciudades, pero actualmente sólo puede observarse ese espectáculo en plena naturaleza. En 1986 la contaminación lumínica también impidió ver el legendario cometa Halley a millones de personas y hoy, en 2009, en el Año Internacional de la Astronomía, la realidad es que el cielo nocturno se halla en trance de desaparecer en una gran parte del planeta. Conmemoramos este año el 400 aniversario de las primeras observaciones telescópicas que hizo Galileo, pero él apenas podría realizar sus observaciones bajo el cielo actual, porque se lo impediría una infinidad de luces parásitas. Las noches estrelladas, el firmamento nocturno, la grandiosidad de la bóveda celeste… todo ello supone uno de los más grandes patrimonios de la naturaleza que tenemos, y su pérdida sería uno de los mayores contrasentidos para nuestra civilización, porque el ser humano y el resto de los seres vivos estamos todos hechos de fragmentos de estrellas. Es necesario detener el avance de la contaminación lumínica en todo el mundo, pero en el caso de España estamos ante el paradigma de uno de los países con el mejor cielo nocturno de Europa y en el que, lamentablemente, más han aumentado los focos de polución debido a la ausencia de una ley de protección estatal y de medidas que regulen el alumbrado de manera correcta. Pero no te engañes: no es sólo un problema para los astrónomos, porque el exceso de luces en ciudades y pueblos no sólo nos roba las estrellas, sino que, además, supone un gasto económico inútil para todos los ciudadanos. No se trata de quedarnos a oscuras, sino de usar el alumbrado correcto, que ilumine hacia abajo y permita, al mismo tiempo, conservar el patrimonio natural de las noches estrelladas y reducir el sobrecoste de la factura de luz que supone el derroche de tanta farola sin control.
La Luna se aproxima al perigeo, es decir, al punto de su órbita más cercano a la Tierra. Por ello, este primer fin de semana de mayo de 2012 tendremos una superluna. El perigeo coincidirá en la madrugada del domingo 6 de mayo con la Luna llena, por lo que nuestro satélite mostrará a los observadores su mayor tamaño, al acercarse hasta una distancia de poco más de 355.000 kilómetros de nosotros. Gracias a ello, la Luna llena se verá más grande que el resto del año, mostrando un gran espectáculo visual, especialmente durante su salida por el horizonte. Cuando se encuentra en el apogeo, o punto más lejano de la órbita, la Luna supera los 406.000 kilómetros de distancia a la Tierra, aunque visualmente la diferencia de tamaño aparente no es extraordinaria y sólo las personas muy observadoras la perciben a simple vista. Con prismáticos o telescopio, en cambio, se nota el aumento del diámetro angular de la Luna en el cielo gracias a su mayor proximidad. Si la Luna llena constituye un gran espectáculo visual, todavía lo es más cuando coincide con el perigeo, que se producirá en torno a las 3 horas y 33 minutos de tiempo universal en la madrugada del domingo 6 de mayo, coincidiendo prácticamente con los momentos de máxima iluminación del hemisferio lunar visible, es decir, con la fase llena, ya que ésta ocurrirá hacia las 3 horas y 35 minutos. Recuérdese que en el caso de España la hora oficial está adelantada en esta época del año dos horas respecto al tiempo universal. En cualquier caso, la salida de la Luna por el horizonte al anochecer del sábado 5 de mayo ya es un buen momento para observarla, ya que la diferencia de tamaño respecto al momento del perigeo es imperceptible, de forma que tampoco es necesario madrugar para asistir a este espectáculo. En la madrugada del domingo la Luna estará en la constelación de Libra.
Torremocha del Jiloca, 3 de mayo de 2012
© Vicente Aupí

Imagen de la Luna llena captada a través de un telescopio refractor de 200 mm. de abertura. (Foto: Vicente Aupí)

El Observatorio de Torremocha del Jiloca (Teruel) fue creado por Vicente Aupí en 1985. Se encuentra en esta pequeña población del valle del Jiloca, a 994 metros de altitud, al pie de la Sierra Palomera, en una zona privilegiada para la observación astronómica del cielo y de gran interés desde el punto de vista climatológico, ya que se halla enclavada en el triángulo Geográfico Teruel-Molina de Aragón-Calamocha, considerado como uno de los principales polos del frío de la Península Ibérica.
La serie climatológica del observatorio tiene ya datos de 23 años de observaciones termométricas y pluviométricas. A su vez, las actividades astronómicas se han orientado fundamentalmente a la astrofotografía, la divulgación científica y la observación de acontecimientos celestes como los eclipses solares y lunares y la aparición de destacados cometas, entre ellos el histórico del Halley en 1986.
Si lo deseas puedes acceder aquí a los datos climatológicosde temperatura y precipitación de la estación meteorológica del Observatorio de Torremocha del Jiloca. Los datos diarios están disponibles desde el 1 de septiembre de 2007.
Cinturón y Nebulosa de Orion
Cometa Hale-Bopp con M31 y el Doble Cúmulo
Deneb y la Nebulosa Norteamérica
El firmamento estival
Luna llena

"Aun a pesar de tener relojes rotos en los baúles, en las Nubes de Magallanes se guardan los más absolutos y recónditos momentos"
Carmen Cortelles
Estrellas y borrascas
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