


Se cumplen 40 años de la última visita del mítico cometa Halley, cuya órbita le lleva actualmente de camino hacia nosotros para volver a visitarnos en el año 2061. En 1986, entre los días 16 y 20 de marzo, un equipo liderado por Vicente Aupí observó y fotografió el Halley desde el pico Javalambre, en la provincia de Teruel, a 2.020 metros de altitud. En aquella aparición de hace 40 años, el Halley mostró una posición muy baja sobre el horizonte para los observadores del hemisferio norte, por lo que millones de personas tuvieron muchas dificultades para verlo o, simplemente, no lo consiguieron cuando trataban de localizarlo desde las ciudades, donde la contaminación lumínica ya suponía un importante problema para el estudio del firmamento a finales del siglo XX. Desde la posición privilegiada del pico Javalambre, con el horizonte sureste libre, el Halley saludó a los observadores por encima del mar de nubes que descansaba aquellas madrugadas sobre la superficie del mar Mediterráneo, regalando una experiencia inolvidable, ya que el legendario cometa ya era, y lo sigue siendo, uno de los astros más famosos de la historia. Esa fama se debe al impacto de alguna de sus apariciones históricas y, también, al logro del gran científico con cuyo apellido fue bautizado: Edmund Halley. En una labor de décadas consiguió demostrar que muchas de las apariciones cometarias de tiempos anteriores se debían, realmente, a un único cometa que regresaba de forma periódica, cada 76 años, hasta las proximidades de la Tierra en su camino hacia el perihelio. Halley vaticinó que el cometa reaparecería en el cielo en 1758 y acertó de pleno, aunque no vivió para comprobar la certeza de su teoría, ya que falleció unos años antes. Desde entonces, la humanidad aguarda cada 76 años la reaparición del cometa Halley, a veces, como en el año 1910, sumida en el pánico por miedo a que el astro errante causara el fin del mundo. Puedes leer en este artículo la psicosis que se produjo en 1910 y en este otro la experiencia que supuso la observación del Halley en marzo de 1986.
FOTO: El cometa Halley, fotografiado por Vicente Aupí, desde el pico Javalambre en marzo de 1986. Obsérvese en la parte derecha de la imagen el arco de luz amarillento que sobresale sobre el horizonte y corresponde al resplandor de la contaminación lumínica del área metropolitana de Valencia, que ya se apreciaba entonces desde una distancia de unos 100 kilómetros.

Credit: C. Mayhew & R. Simmon (NASA/GSFC), NOAA/ NGDC, DMSP Digital Archive
A mediados del siglo XX aún era posible ver la Vía Láctea desde el interior de muchas ciudades, pero actualmente sólo puede observarse ese espectáculo en plena naturaleza. En 1986 la contaminación lumínica también impidió ver el legendario cometa Halley a millones de personas y hoy, en pleno siglo XXI, la realidad es que el cielo nocturno se halla en trance de desaparecer en una gran parte del planeta. Hace cuatro siglos que Galileo hizo los primeros estudios telescópicos, pero él apenas podría realizar sus observaciones bajo el cielo actual, porque se lo impediría una infinidad de luces parásitas. Las noches estrelladas, el firmamento nocturno, la grandiosidad de la bóveda celeste… todo ello supone uno de los más grandes patrimonios de la naturaleza que tenemos, y su pérdida sería uno de los mayores contrasentidos para nuestra civilización, porque el ser humano y el resto de los seres vivos estamos todos hechos de fragmentos de estrellas. Es necesario detener el avance de la contaminación lumínica en todo el mundo, pero en el caso de España estamos ante el paradigma de uno de los países con el mejor cielo nocturno de Europa y en el que, lamentablemente, más han aumentado los focos de polución debido a la ausencia de una ley de protección estatal y de medidas que regulen el alumbrado de manera correcta. Pero no te engañes: no es sólo un problema para los astrónomos, porque el exceso de luces en ciudades y pueblos no sólo nos roba las estrellas, sino que, además, supone un gasto económico inútil para todos los ciudadanos. No se trata de quedarnos a oscuras, sino de usar el alumbrado correcto, que ilumine hacia abajo y permita, al mismo tiempo, conservar el patrimonio natural de las noches estrelladas y reducir el sobrecoste de la factura de luz que supone el derroche de tanta farola sin control.
Editorial Dobleuve acaba de publicar la segunda edición de El General Invierno y la Batalla de Teruel, de Vicente Aupí, primer libro sobre el impacto de los grandes temporales de frío y nieve en este decisivo episodio de la Guerra Civil Española, en el que más de 15.000 combatientes sufrieron congelaciones. El lector encontrará aquí el paralelismo entre los hechos históricos de la guerra y los fenómenos atmosféricos, que tuvieron un papel determinante en el desarrollo y desenlace de la batalla. Asimismo, los estudios de campo realizados por el autor para esta obra aportan luz sobre algunas de las causas de la gran incidencia de las congelaciones merced a procesos como el de la inversión térmica en condiciones meteorológicas excepcionales. La obra incluye una notable colección fotográfica, en la que destaca la de los archivos de la Brigada Lincoln en la Universidad de Nueva York, donde fue presentada la primera edición de esta obra de Vicente Aupí en 2016. Esas extraordinarias imágenes constituyen uno de los grandes tesoros documentales sobre las Brigadas Internacionales, que llamaron a Teruel “el Polo Norte”, por la magnitud de los fríos que padecieron. A su vez, Herbert Lionel Matthews, corresponsal de The New York Times en la Guerra Civil Española, escribió que nada le impresionó tanto como el mal tiempo en el que se libró la batalla. Este libro es el primer título de la gran trilogía de Vicente Aupí sobre la Guerra Civil. En el segundo,Crónicas de fuego y nieve, se aborda el extraordinario papel de los corresponsales de prensa internacionales, y en el tercero,El Caudillo y las uvas de la derrota, se amplía el análisis del paralelismo entre la situación meteorológica del invierno 1937-38 y el desenlace de algunos de los grandes sucesos de la Batalla de Teruel, con revelaciones inéditas sobre el gran error militar del mando sublevado (seguramente el más importante de toda la guerra) que llevó a la caída franquista ante los republicanos la primera semana de 1938.
© Vicente Aupí

Portada de la nueva edición del libro de Vicente Aupí.

El Observatorio de Torremocha del Jiloca (Teruel) fue creado por Vicente Aupí en 1985. Se encuentra en esta pequeña población del valle del Jiloca, a 994 metros de altitud, al pie de la Sierra Palomera, en una zona privilegiada para la observación astronómica del cielo y de gran interés desde el punto de vista climatológico, ya que se halla enclavada en el triángulo Geográfico Teruel-Molina de Aragón-Calamocha, considerado como uno de los principales polos del frío de la Península Ibérica.
La serie climatológica del observatorio tiene ya datos de 34 años de observaciones termométricas y pluviométricas. A su vez, las actividades astronómicas se han orientado fundamentalmente a la astrofotografía, la divulgación científica y la observación de acontecimientos celestes como los eclipses solares y lunares y la aparición de destacados cometas, entre ellos el histórico del Halley en 1986.
Si lo deseas puedes acceder aquí a los datos climatológicos de temperatura y precipitación de la estación meteorológica del Observatorio de Torremocha del Jiloca en este enlace
Cinturón y Nebulosa de Orion
Cometa Hale-Bopp con la Galaxia de Andromeda y el Doble Cúmulo
Deneb y la Nebulosa Norteamérica
El firmamento estival
Luna llena

"Aun a pesar de tener relojes rotos en los baúles, en las Nubes de Magallanes se guardan los más absolutos y recónditos momentos"
Carmen Cortelles
Estrellas y borrascas
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